Venezuela bajo el agua: una crisis encadenada
Venezuela vive desde 2024 una secuencia de desastres naturales que ha puesto al país al límite de sus capacidades. Lo que empezó con las lluvias asociadas al huracán Beryl en julio de 2024 continuó con las graves inundaciones andinas de junio de 2025, se agravó con los terremotos de junio de 2026 y volvió a estallar en agosto con nuevas inundaciones en la capital y varios estados. No son eventos aislados: son capítulos de una misma crisis climática y humanitaria que no deja de crecer.
Los episodios de lluvias extremas se repiten año tras año. Y un país con infraestructuras debilitadas por la crisis económica, sin inversión suficiente en prevención y con millones de personas en situación de vulnerabilidad, no tiene capacidad de absorber golpe tras golpe.
El huracán Beryl: el primer aviso (julio 2024)
El huracán Beryl alcanzó la categoría 5 el 1 de julio de 2024 tras golpear Granada y San Vicente y las Granadinas. Su centro no tocó tierra en Venezuela, pero sus lluvias castigaron el noreste del país, sobre todo el estado Sucre. El 2 de julio, el desbordamiento del río Manzanares arrasó gran parte de Cumanacoa: según la Federación Internacional de la Cruz Roja (IFRC), a 8 de julio había seis fallecidos y tres desaparecidos, unas 29.000 personas afectadas en 17 comunidades, 7.960 viviendas con daños y unas 360 con pérdida total.
Las familias afectadas perdieron viviendas, cultivos, ganado y pequeños negocios en cuestión de horas. Muchas tuvieron que trasladarse a casas de familiares o a Cumaná, y otras permanecieron en tiendas improvisadas mientras la temporada de lluvias seguía activa.
La temporada de lluvias 2025: el desastre andino
A finales de junio de 2025, el paso de la onda tropical n.º 9 provocó en los Andes venezolanos el episodio de lluvias más fuerte de la temporada. Los ríos Chama y Motatán socavaron tramos de la carretera Trasandina, y las inundaciones y deslizamientos afectaron a Mérida, Trujillo, Táchira, Barinas y Portuguesa. El 25 de junio, el Gobierno activó el plan de emergencia «Andes 2025».
El estado Mérida fue el más castigado: más de 15 puentes vehiculares destruidos y más de 8.000 familias aisladas por la destrucción de carreteras y puentes, según los primeros balances. El 2 de julio, el gobernador de Mérida cifró en más de 24.000 las familias afectadas de forma directa o indirecta. Las lluvias se cobraron además la vida de dos personas, un padre y su hijo arrastrados por una quebrada crecida en la zona de Timotes.
Un año después, muchas comunidades del páramo merideño seguían reclamando la reconstrucción de puentes y vías. Familias enteras perdieron sus hogares, sus medios de vida y sus vías de comunicación.
Los terremotos de junio 2026: cuando la tierra también tembló
Justo un año después de las inundaciones andinas, el 24 de junio de 2026, un doble terremoto de magnitud 7,2 y 7,5 sacudió el centro-norte de Venezuela. Con 6.509 fallecidos según el balance oficial del 24 de agosto de 2026 —más de 7.000 según recuentos independientes— y daños económicos de unos 20.000 millones de dólares según Swiss Re, es el terremoto más mortífero del país en más de un siglo.
La Guaira y Caracas fueron las zonas más afectadas, con edificios colapsados, carreteras destruidas y redes de servicios básicos devastadas. Más de 14.600 personas desplazadas pasaron a vivir en campamentos improvisados. El país apenas empezaba a recuperarse cuando llegó el siguiente golpe.
Agosto 2026: sin tiempo para respirar
En la noche del 15 de agosto de 2026, el paso de la onda tropical n.º 37 descargó lluvias torrenciales sobre Caracas y los estados vecinos de Miranda y La Guaira. Dos niñas murieron arrastradas por la corriente en la parroquia La Vega, y los medios locales elevaron a tres los fallecidos en la capital. Se desbordaron quebradas en La Vega, Antímano, Caricuao y Petare, y en la parroquia Santa Rosalía unas 115 familias desplazadas por los terremotos vieron cómo el agua destrozaba las tiendas en las que vivían.
Una semana después, el 22 de agosto, la onda tropical n.º 40 trajo nuevas inundaciones: se desbordaron los ríos Guaire y El Valle en Caracas, y hubo daños en Miranda, Aragua y Portuguesa. Los primeros balances hablaban de al menos un fallecido, varios desaparecidos, una veintena de heridos en la autopista Valle-Coche y unas 150 viviendas afectadas en el municipio Guaicaipuro. Para las comunidades que aún se recuperaban de los terremotos —con edificios apuntalados, familias realojadas provisionalmente y servicios intermitentes—, las lluvias de agosto fueron un golpe adicional.
El cambio climático como amplificador
La serie de desastres que vive Venezuela no es casualidad. La Organización Meteorológica Mundial ha señalado la rápida intensificación de ciclones tropicales como Beryl y el aumento de las lluvias extremas entre los rasgos del clima reciente en América Latina y el Caribe.
En el caso de Venezuela, se suman factores que amplifican el impacto: la deforestación de cuencas hidrográficas reduce la capacidad natural del terreno para absorber el agua, la urbanización no planificada coloca a millones de personas en zonas de riesgo —laderas inestables, riberas de ríos, zonas costeras bajas— y la falta de mantenimiento de infraestructuras hidráulicas agrava las crecidas.
Dónde se puede ayudar
La crisis de Venezuela requiere una respuesta que combine la acción inmediata con la reconstrucción a largo plazo. Aquí es donde la solidaridad internacional puede marcar la diferencia.
Organizaciones sobre el terreno. La Cruz Roja Venezolana, Cáritas de Venezuela y diversas ONG locales trabajan en la atención de emergencias, la distribución de alimentos y la reconstrucción de viviendas. Antes de donar, conviene comprobar que la organización informa con transparencia del destino de los fondos.
Donation Pool. Cualquier persona u organización puede crear una campaña en la plataforma para movilizar apoyo hacia las comunidades afectadas por la crisis climática en Venezuela.
Cómo contribuir. Cada donación, independientemente de su tamaño, permite financiar acciones concretas: un kit de alimentos para una familia aislada, materiales de construcción para una vivienda destruida, medicinas para una comunidad sin acceso a salud. La transparencia en la gestión de los fondos y el seguimiento del impacto de cada contribución son imprescindibles.
Lecciones que no podemos ignorar
La crisis de Venezuela demuestra que los desastres naturales no son eventos aislados sino procesos encadenados. Las lluvias de Beryl golpearon el oriente del país, las de 2025 destruyeron infraestructuras en los Andes, los terremotos de 2026 devastaron el centro-norte y las lluvias de agosto dificultaron la recuperación. Cada evento alimenta al siguiente, y la capacidad de resiliencia se agota.
La adaptación al cambio climático no es una opción abstracta: es una necesidad urgente que requiere inversión en infraestructuras resilientes, sistemas de alerta temprana, reforestación de cuencas y planificación territorial. Mientras tanto, la solidaridad ciudadana —canalizada con transparencia y eficacia— es el puente entre la empatía y la acción concreta que puede salvar vidas y reconstruir comunidades.
